Hacia una pedagogía humanizante

Algunos aportes del estoicismo

por A. de los Santos

Montevideo 2010   

 

Este trabajo se inscribe en el campo de la filosofía de la educación. Tiene centro y foco en la filosofía estoica, siendo ésta una de las escuelas florecientes de la época helenística y romana. Entendemos por helenística “la aparición de esta nueva forma que adopta la civilización griega a partir del momento en que, gracias a las conquistas de Alejandro y más tarde al desarrollo de los reinos resultantes, esta cultura se extiende por el mundo bárbaro, desde Egipto hasta las fronteras de la India, entrando en contacto con las más diversas naciones y civilizaciones.” (Hadot, 2006: 209)  De modo que es imposible separar el pensamiento de este período de su inmediato antecesor, por lo que vemos mucho trasfondo griego en la Escuela de la Estoa. Asimismo, también como punto de partida, digamos que nuestro objeto de trabajo se inscribe dentro de ciertos límites: el marco escolar, los géneros literarios, las reglas retóricas y las formas de razonamiento concretas de la época. Recordemos que “para comprender un texto de la Antigüedad debe tenerse en cuenta la comunidad que lo ha generado, la tradición dogmática, su género literario y su finalidad.” (Hadot, 2006: 225) Esto no obsta, sin embargo, para que siga emanando luz del corpus pedagógico estoico y para que eventualmente esta escuela de pensamiento coadyuve en nuestro intento de transformación del actual estado del arte.

Digamos para comenzar que, por naturaleza, el trabajo pedagógico es una labor que se nos impone para el cuidado de nuestra especie. La propia etimología de la palabra nos lo dice: paidósagogía. El cuidado del hombre: ¿qué significa cuidar de nosotros? El camino del trabajo pedagógico pensado en este sentido, en su sentido original,  tan rico y vasto, es demasiado amplio como para andarlo con la vista puesta en una sola porción de él. Es decir, educar en el sentido de las competencias racionales y corporales sin apelar a un desarrollo más ajustado a la naturaleza del ser humano, ha dejado a nuestras generaciones amputadas de una condición sana, ha ido coartando de a poco el íntegro y fluido desenvolvimiento del hombre en sociedad. Individualismo, desinterés por el otro, destemplanza, desequilibrio, imprudencia, intolerancia, melancolía y depresión se han generalizado, y hasta naturalizado.

Resulta una paradoja que nos encontramos en la era del conocimiento, del boom tecnológico al servicio del hombre, de las comunicaciones, de la defensa preventiva de la salud como vía de subsistencia planetaria, hipertecnologizados,  hipercomunicados, hipersensibles al mérito académico –ya sea por el alivio vital que puede suponer el logro o por su confirmación social- , y que a la vez nos encontremos hiperalienados y constantemente a la defensiva del fragmento de espacio social que nos ha tocado en suerte. No existe acuerdo mundial o cumbre de presidentes en la que no se de cuenta de la necesidad de sistemas educativos que miren por la construcción de ciudadanía responsable. Al llegar al cómo lograr ciudadanos responsables, el trabajo en educación se encauza hacia el cultivo de las competencias racionales que garanticen a cada uno de los futuros ciudadanos la posterior inserción laboral. Según el discurso habitual –basta revisar documentos de acceso público en internet- , a cada educando se lo motiva a trabajar la herramienta que, por gracia de la naturaleza, le consigne mayor éxito. Ahora, nos preguntamos: ¿es garante de recta ciudadanía una pedagogía que sólo trabaje en el sentido de las competencias racionales y descuide la dimensión espiritual de esa racionalidad, constitutiva de cada ser humano? ¿No resulta evidente que los sistemas educativos nacionales occidentales se han olvidado de una gran porción de humanidad?

Aún cuando pronunciar la palabra “espiritualidad” en estos días pueda hacer resonar ecos semánticos que distan muchísimo del campo de la filosofía de la educación, nos proponemos de igual manera recuperar y volver a hacer propias algunas enseñanzas de los antiguos en relación al tema espiritualidad y ciudadanía. Dentro de la cultura estoica, Séneca en particular, tiene un abundante caudal de sabiduría para acercarnos con relación a esa pedagogía a la que nos sentimos llamados una y otra vez. Anclemos entonces en ella y comencemos puntualizando que, “según los estoicos, el pensamiento y la voluntad del sabio coinciden absolutamente con el pensamiento, la voluntad y el progreso de la Razón, inmanente al movimiento del Cosmos” (Hadot, 2006: 216) Es importante esta puntualización: el alma estoica, es el alma racional. Segundo, el fin de la filosofía estoica no era, bajo ninguna circunstancia, la teoría en sí misma sino que se encontraba definitivamente al servicio de la práctica. Ergo, despejemos en este preciso momento algún posible argumento simplista que coloque a la filosofía en un plano meramente teórico, reduciéndola al campo de las ideas.

La práctica pedagógica de la escuela estoica, involucraba al ser en su totalidad, apuntaba a la construcción de un ciudadano ético que pudiera moverse socialmente haciendo cabal uso de todas sus destrezas: cuerpo, razón y espíritu interconectados para conocer, conocerse y reconocerse, para un mejor y continuo trabajo en torno a sí. A su vez, la red social en la que crecía el educando, lo sostenía y coadyuvaba en la tarea encomendada: acercarse a la verdad, templar el carácter, trabajar la prudencia y aproximarse a la sabiduría a través del ejercicio diario del espíritu.

La noción de cuidado de sí está presente con gran vigor en toda la cultura antigua, tanto en los griegos como en los romanos. De hecho, la actividad pedagógica en este sentido se llevaba adelante en lo que llamamos una “cultura de sí”. Era una invitación al goce del cultivo de lo esencial, un convite al gran banquete que ofrece, en primera instancia, el estar vivos; luego, gozar de la vida con otros, construyéndola diariamente; finalmente, cultivar el espíritu racional que se nos ha dado y que tiene inacabables posibilidades de ampliación, corrección y crecimiento.

Los antiguos honraban la vida a través del ejercicio de lo que los griegos llamaban epimeleia heautou (cuidado de sí), siendo ésta una forma de vida, una actitud, una manera de pararse, entender y entenderse en el mundo; un modo de saber, de conocer y de conocerse fundantes de una vida de bien, de una ética acorde a nuestra condición natural, a nuestra naturaleza racional. Para esto, se mantenía presente el viejo precepto del oráculo de Delfos: gnothi seauton (conócete a ti mismo). Luego, la meditación como ejercicio del espíritu constituía entre ellos una gimnasia terapéutica de cura del alma orientada a la construcción del ciudadano político a partir del ciudadano ético. Veamos.

El ejercicio meditativo, cuyas prácticas específicas abordaremos sucintamente más adelante, constituía una rutina terapéutica de cura del alma inscripta en una filosofía de vigilancia, de cuestionamiento, de dominio de sí. Este dominio de sí era considerado indispensable para aquél que pretendía adquirir un recto proceder. La rigurosa ascesis estoica evidenciada en los Tratados Morales o en las Cartas a Lucilius de Séneca, pone al descubierto el realce que tenía la conciencia de sí en esta escuela. ¿Pero cuál era el fin último de estas meditaciones? Pues bien, la meta a conquistar consistía en la construcción del sujeto ético, lograr el control de uno mismo concentrando sobre sí la atención, con fe en la libertad y en la posibilidad de mejora; desprenderse de las ambiciones materiales y despojarse de las pasiones del cuerpo refinando la conciencia moral a través del ejercicio espiritual diario. Se trataba de una práctica de autorregulación del temple, de puesta a punto del ánimo, con el propósito de vivir una vida en concordancia con la naturaleza. Para los estoicos, aquello que fluye de la naturaleza es lo esencialmente bueno, mientras que por oposición, lo malo es lo que se aleja de ello. El estoico defendía una práctica vital ajustada al fin vital último: armonizar tanto con nosotros mismos como con la Naturaleza. La meta a lograr era la auto-transformación, el fin era armonizar con la naturaleza. “Esta distinción entre meta y fin es fundamental. Los estoicos la ilustraban con la famosa comparación de la práctica del arco. La meta es el blanco; el arquero puede acertarlo por azar y errarlo también casualmente. Pero, para poder decir que su éxito es merecido es preciso que se haya propuesto, como fin aprender bien su oficio y practicarlo adecuadamente.” (Robin, 1938: 6) ¿Y por qué debía el discípulo emprender esta ascesis? Sencillamente para avanzar, paso a paso y tras cada meditación, hacia el logro de la tranquilidad del alma, del aquietamiento de las pasiones, del goce del instante presente y el robustecimiento de la conciencia moral genuina.

¿Y en qué consistían realmente los ejercicios meditativos estoicos? Con el propósito de que su alma se apropiara de ellos poco a poco, se comenzaba por facilitarle a los principiantes una colección de máximas o resúmenes de dogmas fundamentales de la escuela. Particularmente en el caso de Séneca, podríamos mencionar el formato de epístola –como Epistolae, o Cartas a Lucilius– o de tratado –como De la tranquilidad del ánimo; en las primeras, por ejemplo, aconsejaba a Lucilius leer pocos libros pero concentrándose en ellos, a practicar una ascesis diaria a la mañana y a la noche, acompañada de la escritura, de un relato minucioso de lo hecho y una reflexión acerca de sus actitudes y reacciones. A propósito de este ejercicio de escritura, en la cultura grecorromana de los dos primeros siglos del imperio, el relato de sí se constituye, dentro de la vida en sí y para sí, como un ejercicio de meditación que permite a quien lo lleva adelante poner al desnudo su alma y los avatares de su vida de modo que un otro participe de su crecimiento. Es importante la presencia de este otro. Séneca nos enseña a “vivir como si siempre alguien nos estuviese viendo” para de esta manera domesticar las pasiones del cuerpo y hacer que el alma crezca dentro de un cuerpo en continua sanación y cuidado. La mirada de ese otro nos interpela, nos nutre, nos ayuda en el proceso de construcción de nuestro propio yo, por lo que la narración de sí a través de la escritura facilita la aparición de este testigo de nuestro caminar. En clave foucaultiana, “en el (…) relato epistolar de sí mismo, se trata de hacer llegar a coincidir la mirada del otro y la que uno dirige sobre sí cuando mide sus acciones cotidianas de acuerdo con las reglas de una técnica de vida.” (Foucault, 1983: 305) Detengámonos un instante en este punto: en oposición al escudriñamiento alienante de un otro que sólo vigila pero no guía, esta “mirada del otro” a la que hacemos referencia es aquella que ofrece, en el caso de la relación Séneca-Lucilius por ejemplo, un tutor amorosamente comprometido con el crecimiento ético de su discípulo. Justamente, es a esta clase de tutoría que estamos apelando como pensadores de la educación.

Por otro lado, en la Escuela de la Estoa, la escritura pasó a formar parte de los ejercicios espirituales que los maestros pautaban a sus discípulos como trabajo sobre sí. En la cultura de sí, escribir sobre los acontecimientos del cuerpo y del pensamiento constituía un ejercicio terapéutico del alma, en el cual el pensamiento se volvía sobre sí mismo reactivando el conocimiento de sí. Del mismo modo, recordar un principio o una regla, reflexionar sobre ella y escribir daba la posibilidad al alumno de asimilar dicha regla y prepararse para enfrentar lo real. Así, el trabajo espiritual se hacía, o bien de un modo lineal: primero la meditación, luego la escritura, más tarde la situación real (pensamiento, escritura, realidad), o circular: meditación, notas acerca de ella, relectura, y vuelta a la meditación. De cualquier modo que se ejercitara, la escritura siempre constituía un ejercicio fundamental. Valiéndose de ella, el discípulo elaboraba y re-elaboraba su accionar a partir de ciertos logoi que recibía y aceptaba como verdaderos, transformándolos en sus propios principios de acción a través del ejercicio racional. Al decir de Foucault, “la escritura como elemento de entrenamiento de sí, tiene (…) una función ethopoiética: es un operador de la transformación de la verdad en ethos[2].” (Foucault, 1983: 292)

Ahora, Séneca insiste en el hecho de que de la mano de la escritura siempre va la lectura. Leemos para hacernos del discurso, para impregnarnos de la sabiduría que hay en él. Leer es como ir al panal a buscar miel. Luego escribimos y reflexionamos sobre lo leído, vamos de la lectura a la escritura y luego a la lectura nuevamente. Sin embargo, no deberíamos concentrarnos en muchos libros a la vez, más bien se nos aconseja que detengamos la atención en uno y nos hagamos de la verdad que hay en él antes de pasar al siguiente. De hacer lo contrario, caeríamos en la stultitia: la inestabilidad del alma, el cambio de opiniones, a la fragilidad frente a lo que se nos presenta, la tendencia a focalizar sobre el futuro y no sobre el presente. A través de la conservación de los hypomnémata –o cuadernos de registro- se evitaba caer en la stultitia ya que el propio ejercicio de la escritura obligaba al discípulo a mantener la vista sobre el pasado más que sobre el futuro, evitando de esta manera favorecer la agitación del espíritu, la ansiedad y el agobio por la incertidumbre de un tiempo y un acontecer sobre el que no tenemos control.

Entonces, haciendo coincidir nuestro decir en este instante con la actitud estoica que hemos repasado apenas brevemente en este resumen, decimos que: primero, la reconsideración del Estoicismo es una oportunidad para repensar, en las condiciones de nuestro tiempo, las nociones de “razón”, “espíritu” y “naturaleza”; segundo, el rol de las pedagogías por venir deberá ser, cuando menos, “humanizante”, favoreciendo el conocer, el conocerse y el cuidar de sí. Sin abandonar los serios avances logrados en el desarrollo de la cognición y el cultivo del cuerpo, se tendrá que echar mano a los recursos mejor conquistados por las ciencias de la educación para desplegar ciertas “tecnologías de enseñanza-aprendizaje” que contemplen de un modo más sensible la compleja esencia, cuerpo-razón-espíritu del ser humano, que devuelvan a cada yo la posibilidad de reencontrarse consigo mismo, repensando la construcción de ciudadanos responsables y éticos. Recordar, meditar y reflexionar, tan solo un minuto cada día, alrededor de las palabras pronunciadas amorosamente por el maestro, tal vez tan solo alrededor de éstas:

“Mi caro Lucilio: Arrebaña las horas con entrambas manos…

Todas las cosas; Lucilio, nos son ajenas; el tiempo sólo es cosa nuestra.” (Séneca, Carta I: 372)

Bibliografía

Hadot, Pierre. Ejercicios espirituales y Filosofía antigua. Editorial Siruela. Madrid, 2006.

Foucault, Michel. La hermenéutica del sujeto. Fondo de Cultura Económica de Argentina. Buenos Aires, 2006.

Foucault, Michel. “La escritura de sí”. Estética, Ética y Hermenéutica. Trad. Gabilondo, Ángel. Barcelona: Editorial Paidós, 1999.

Robin, León. “Bien moral, Felicidad, virtud: nociones estoicas”. La morale antique. Ed. Alcan. Paris, 1938. Trad. Puchet, Enrique. Seminario FHUCE. Montevideo, 2009.

Séneca, Lucio.  Obras completas. Trad. de Riber, Lorenzo. Ed. Aguilar. Madrid, l961.


[2] Hábito, modo de ser.

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By adrianadelossantos

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