Pedagogía y Ciencia


Apuntes a la luz de

“Verdad y Mentira en un sentido extramoral” de Nietzsche

por A. de los Santos

Montevideo – 2008

¿Constituye el saber pedagógico un saber científico? ¿Cumple la Pedagogía con todos los “requerimientos” de la Ciencia en el sentido de la objetivación, la universalidad y el método? ¿De qué naturaleza es la verdad que desviste el discurso pedagógico y cómo nos acercamos a esa verdad? Los escritos de Nietzsche aparecen justamente en el momento en el que la ciencia llega al punto de su conciencia crítica y a dar cuenta de sus supuestos y de sus contradicciones. Antes que avanzar en el campo específico de lo educativo, analicemos algunos de estos supuestos a la luz del texto Sobre Verdad y Mentira en un sentido extramoral, utilizando como andamio el texto de Rubén Pardo Nietzsche y el redescubrimiento de la historicidad.

 

¿Tendrá sentido discutir el status científico de la Pedagogía bajo la supuesta llegada del nihilismo como horizonte cultural de nuestro tiempo? Tal vez la respuesta sea afirmativa, siempre y cuando definamos cuál sería ese status científico y sobre qué bases de objetivación-subjetivación instalaremos la discusión. Puede convenirnos comenzar por el final, diciendo se trataría de “saber seguir creando sentidos” pero desde el reconocimiento de la provisionalidad de los mismos.” (Pardo, 2000: 192)

“Lo que relato es la historia de los dos próximos siglos. Describo lo que viene, lo que ya no puede venir de otra manera: el advenimiento del nihilismo. Tal historia ya puede ser relatada hoy, porque la necesidad misma está actuando aquí. (…) Toda nuestra cultura europea se mueve desde hace ya largo tiempo, con una torturante tensión que crece década en década, como hacia una catástrofe: inquieta, violenta, precipitada, como una corriente que busca el final, que ya no reflexiona, que tiene miedo a reflexionar.” (Nietzsche, 1998: 115). Se trata, según Nietzsche, de un tiempo de derrumbe de todos los preceptos sobre los cuales se ha fundado la cultura moderna, la caída estrepitosa de los ideales de ser y de verdad construidos desde los griegos. Se trata en definitiva de un abismo sin fin donde el hombre, y su necesidad de certidumbre, se deshace y se pierde, dentro de la torturante frustración de no encontrar respuestas. Aparece la sospecha, la sospecha de que todas las afirmaciones que han sostenido la humanidad son falsas, la duda moral del mundo mismo, la negación de todo principio, sea religioso, político o social: el nihilismo.

De modo que nos encontramos ante un ansia de fundamentos no saciada, una necesidad de contar con una base explicativa del mundo que nos rodea, de “lo real”, sea Dios, idea del bien o lo que fuera, a lo cual Nietzsche denomina “actitud metafísica”. Ese fundamento  ha sido pensado por el hombre, según Nietzsche, como trascendente, inmutable y necesario: está más allá de nuestra realidad empírica y sensible, es ahistórico, permanente y ajeno a todo cambio y no puede ser de otra manera. (Pardo, 2000: 185)

Su condición de finitud sumada a la creencia de que existe un punto de vista único y unificador (cuna de las verdades absolutas) hace del hombre un ser preso del pánico por el devenir, por el cambio y por el caos. Para aliviar este impulso, nos dice Nietzsche, el hombre ha inventado toda suerte de verdades, una de ellas es la verdad científica.

“¿Qué es entonces la verdad? Una hueste en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas y adornadas poética y retóricamente y que después de un prolongado uso, un pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son; metáforas que se han vuelto gastadas y sin fuerza sensible, monedas que han perdido su troquelado y no son ahora ya consideradas como monedas sino como metal.” (Nietzsche, 1903: 25)

Partamos de la base que para Nietzsche la verdad es una construcción del hombre, una convención a la que se llega por necesidad de un código común y de saciar la sed de orden y seguridad a la que no podemos renunciar: el pánico al caos es constitutivo del ser humano por lo que la vida gregaria exige el acuerdo en una verdad. ¿Y de dónde procede esa necesidad de verdad? Nietzsche defiende la hipótesis de que ésta parte de una necesidad de poder, de un impulso de supervivencia y de supremacía por sobre los demás y lo demás.  Por otro lado, en ese afán de poder y “(…) a partir del contraste del mentiroso, en quien nadie confía y a quien todo el mundo excluye, el hombre se demuestra a sí mismo lo honesto, lo fiable y lo provechoso de la verdad” (Niestzsche, 1903: 26) y construye el “gran edificio de los conceptos” al que nosotros llamamos Ciencia. Pero, como todo parte de una ilusión creada a partir del lenguaje, de una pretensión de asir “la cosa” sin poder entender que lo máximo a lo que podemos aspirar es a aproximarnos a ella a través de algún insumo – la palabra por ejemplo – “la ilusión de la extrapolación artística de un impulso nervioso en imágenes es, si no la madre, sí sin embargo la abuela de cualquier concepto.” (Nietzsche, 1903: 27) En el ideario nietzschiano la ciencia es literatura, lo mismo que produce ciencia produce arte ya que el producto es una imagen de los sentidos. Sin embargo, la ciencia tiene un agraviante: se ha olvidado que es fingida y que está construida sobre convenciones y enunciados metafóricos, los cuales surgen a partir de la mentira lingüística. Dice Nietzsche: “el poder legislativo del lenguaje proporciona también las primeras leyes de verdad, pues aquí se origina por primera vez el contraste entre verdad y mentira. (…) Y además, ¿qué sucede con esas convenciones del lenguaje? ¿Son quizá productos del conocimiento, del sentido de la verdad? ¿Concuerdan las designaciones y las cosas? ¿Es el lenguaje la expresión adecuada de todas las realidades?” (Nietzsche, 1903: 20)

Partiendo de esta ilusión lingüística también se desdibuja aquello que tiene tanta importancia en Educación y que es parte constitutiva de los fines de su existencia: los valores universales. El carácter de cada uno de estos valores pasa a ser “la cosa” que no se puede alcanzar, aquello que el hombre ha debido meter en una categoría semántica para poder intentar transmitir su esencia. Ahora, esa esencia es intransferible, porque el saber es intransferible, porque el acercamiento a “la cosa”, intentar llegar a la verdad, es un camino individual, que parte del descontento y de la inquietud del ser y que va en una búsqueda individual y no extrapolable. “Ciertamente no sabemos nada en absoluto de una cualidad esencial, denominada “honestidad”, pero sí de una serie numerosa de acciones individuales, por lo tanto desemejantes, que igualamos olvidando las desemejanzas, y, entonces, las denominamos acciones honestas; al final formulamos a partir de ellas una qualitas occulta con el nombre de “honestidad”” (Nietzsche, 1903: 24).

Es decir que, en el marco filosófico nietzschiano, accedemos a la realidad mediada a través de falacias, metáforas e inventos que hemos intentado construir a modo de andamio para nuestra ineludible precariedad. Dicho de otro modo, hemos construido ciencia a partir de un impulso artístico y estético, “un extrapolar abusivo, un traducir balbuciente a un lenguaje completamente extraño, para lo que, en todo caso, se necesita una esfera intermedia y una fuerza mediadora, libres ambas para poetizar e inventar” (Nietzsche, 1903: 30). Y la hemos construido para protegernos de la voracidad de lo inexplicable, de aquellas verdades amenazantes que escapan a su lenguaje, que se nos aparecen como fantasmas una y otra vez. Ha sido una puja entre el hombre racional y el hombre intuitivo: “(…) el uno angustiado ante la intuición, el otro mofándose de la abstracción. (…) Él, que sólo busca habitualmente sinceridad, verdad, emanciparse de los engaños y protegerse de las incursiones seductoras, representa ahora, en la desgracia, como aquél en la felicidad, la obra maestra del fingimiento; no presenta un rostro humano, palpitante y expresivo, sino una especie de máscara de facciones dignas y proporcionadas; no grita y ni siquiera altera su voz; cuando todo un nublado descarga sobre él, se envuelve en su manto y se marcha caminando lentamente bajo la tormenta.” (Nietzsche, 1903: 37-38)

“Ansia de fundamentos, creencia en verdades absolutas, suposición de un lenguaje unívoco, postulación de un sujeto objetivo: éstos son los cimientos de la metafísica, es decir, de la historia de la cultura occidental.” (Pardo, 2000: 186)

Y en esta cultura occidental se encuentra el saber pedagógico, el cual no escapa a esas ansias, creencias y suposiciones. Bajo la lupa nietzschiana, el escenario educativo se presenta como un universo infinito de individualidades al cual accedemos modestamente a través de construcciones metafóricas que vienen a saciar nuestro instinto básico de ordenar y categorizar, de apoderamiento de “la cosa”. “La cosa” en pedagogía es el acontecer educativo, es ese instante íntimo sobre el que no tenemos control, es un momentum al que tenemos la ilusión de llegar pero que no hacemos más que bordear y bordear. Será cuestión de vérselas sin respuestas completas, respuestas atemporales o ahistóricas, e ir en busca de una postura que se sostenga en la tolerancia a una frustración inherente al ser humano, el no saber.

“La muerte de Dios” (Nietzsche, 1980) y este darse cuenta de que no tenemos un Dios padre al cual asirnos para explicar nuestro mundo y “lo real”, hace que se imponga una cierta urgencia por admitir la contingencia, aceptar la perspectiva y lo provisorio. En Pedagogía, un enfoque de esta índole arrasa con todos los preceptos de universalidad construidos por las Ciencias anexas a la Educación, como lo son la Psicología o la Sociología, e introduce una duda epistemológica con la cual trabajar. Decíamos antes que dicho trabajo debe emprenderse con una actitud de apertura hacia lo que no se controla, de una aceptación previa de que la parte constitutiva más valiosa de nuestro objeto de estudio es su más absoluta imprevisibilidad y caos. Sin permitir que nuestro espíritu se agote Nietzsche sugiere trabajar con ““nuestro nuevo infinito”, la afirmación del mundo y de la vida como infinito interpretativo, como multiplicidad de perspectivas, porque el conocimiento es interpretación y no explicación.” (Pardo, 2000: 190)

La idea de adoptar una postura interpretativa, en el reconocimiento de la provisionalidad de los sentidos, hace del método hermenéutico de la Filosofía un método apropiado para pensar las Ciencias de la Educación. Una ciencia que observa un instante construido líricamente sobre el ensayo constante de una práctica docente y una práctica discente que se tejen en una red impenetrable de signos, una obra de arte, un zurcido de verdad y contingencia.-

“Si no gustásemos de las artes y no hubiésemos inventado esa forma de rendirle culto al error, no podríamos soportar ese convencimiento de que la ilusión y el error son condiciones necesarias del mundo. El arte como buena voluntad de ilusión se opone a la voluntad de verdad de la ciencia.”[1]


[1] Nietzsche, La gaya ciencia, 1887. Aforismo 107

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By adrianadelossantos

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